nómadas y sedentarios

Una premisa inicial: existen dos políticas de vida.

No dos tipos de personas, sino dos programas de principios vitales, que cambian naturalmente a lo largo de nuestro andar. Elegimos mirada, y sometemos nuestra elección a las arremetidas de las circunstancias y a los fundamentos de nuestra naturaleza.

Elegimos: la mirada del nómada, o la mirada del sedentario. Y entramos en el baile vestidos con una o con otra, y salimos; y volvemos a entrar, quizá con el traje cambiado.

Sedentario es aquel que busca ocupar un lugar propio en el mundo, desde el cual ser. Nómada es quien elige ser en lugares cambiantes, sin que ninguno de ellos le sea propio.

Para ambos, la vida es el mismo torrente.

El sedentario confía en la fortuna y en su capacidad de dominar las aguas para procurarse su pedazo de tierra firme. La vida es obra, tarea, empresa; hay elecciones, responsabilidades, decisiones definitivas, que cambian el curso del río. Nómada es aquel que navega en las aguas. Desconfía de todo cuanto no sea la simple natación, interminable.

La persona sedentaria habita. Ese es su principal atributo propio. El nómada se hospeda. Y así, el sedentario construye una casa. En la movilidad de la vida, levanta una existencia doméstica: la domus, la casa, es su hábitat de referencia. El nómada es vida transportada en una sucesión de espacios que llamamos viaje. Pertenece al camino. A lo largo del camino, se manifiesta por los lugares como los fenómenos atmosféricos. Pasa.

La casa del sedentario es para sí y para los suyos. Los llama los suyos, y con razón. Los busca en medio del torrente, y batalla por vivir rodeado de ellos. Los suyos constituyen raíces, cimientos, cosecha de la tierra firme. El nómada habla de compañeros: la gente del viaje, que no le pertenecen en modo alguno. Los suyos representan el triunfo justificante y carta de naturaleza para el sedentario; una población que se quiere próspera. Los compañeros son la canción de viaje del nómada. Un albergue en el camino.

La mirada sedentaria intenta habitar el país del tiempo todo entero. Abarca desde un pasado explicable, identificable, asumible, donde los sucesos se corresponden con una explicación, hasta un futuro por conquistar, al menos en parte predecible. Y, en medio, el presente. El presente sedentario es el espacio que flota, incómodo, entre los fundamentos del pasado y la apropiación del futuro.

La obligación del nómada es la vivencia inmediata del presente, y su tentación, la consideración dolida de lo pasado: la evidencia de los cálculos que fueron fallidos, el peso de los sueños frustrados. Esa debilidad ante los recuerdos es sin embargo imprescindible para convertir el presente en urgencia. La nostalgia y el hastío avivan el fuego donde arde el menor asomo de futuro, que el nómada niega y desprecia.

La vida sedentaria baila en el fiel de una balanza. Es una historia de ganancias, logros, triunfos, y derrotas, pérdidas, y fracasos. La obsesión del sedentario es la cifra de una cuenta. La historia del nómada parece la de una pérdida continuada, porque es aquel que no posee. No hay ganancia posible frente al despliegue de la vida que pasa. La vida está muy lejos de ser un asunto personal. El nómada vive, resignado o frenético, contento por decreto, sin tener un sólo número asegurado.

La mirada sedentaria es la necesidad existencial de la certidumbre. Una apología del por qué. Existe una explicación para la vida pequeña, para nuestra gran historia personal, que entronca con la convicción de que somos acreedores de hechos ciertos como pago por nuestros esfuerzos. En el nómada que viaja, privado de toda posesión, lo único cierto es lo que la vida expresa, sin obligación alguna con nosotros.

El sedentario es un actor que interpreta la vida. Un autor. Un constructor, que la rige y regula hasta donde sus fuerzas y su saber alcanzan. El nómada es un instrumento de lo que ocurre, liberado de la agonía de intentar entender.

Confiadas, abandonan el vértigo de lo itinerante y se asientan en la tierra; como presencia en el mundo, las gentes sedentarias traen la agricultura. Redimidas del azar ominoso, se aposentan, dichosas. Ya no temen al cansancio de la búsqueda. Suya es la mirada apaciguada del agricultor sobre el espacio dominado. Suyo el atributo del árbol.

Contentos, los nómadas toman lo que se les ofrece. Toda su destreza es esa: nadar, tender trampas, saber cazar, saber recolectar. Van siguiendo a la vida allí por donde se mueve. Silban con frecuencia. Caminan asociados a hierbas, a arbustos, a la floración estacional. Despreocupados o menesterosos, sirven al mundo, y se sirven de él para vivir, en el tiempo de un aliento, en el espacio que abarca una mirada.

La mirada sedentaria es un producto civilizado, resultado de un arduo proceso cultural en constante evolución a lo largo de siglos. Un legado de la locomotora de la razón, de la capacidad canónica y normativa del ser humano. El nómada, por comparación, parece un discurso recurrente, tan limitado; el resultado de un impulso intuitivo apenas sostenido con canciones y paradojas como hachazos, a golpes de luz.

Pero seguramente lo más importante de todo sea entender que nómadas y sedentarios se miran fijamente a los ojos, en todo momento, como alguien que se asoma a un espejo. Materia de miradas, toda persona se enfrenta circunstancialmente a su rostro en marcha, o a su rostro aposentado. Todos vemos de continuo las señales del viaje o las del hogar en quienes nos rodean; y en el suyo reflejado, nuestro propio rostro. Todos atravesamos la tentación de la libertad, y la de la certidumbre. Elegimos mirada en distintos momentos, y por lo tanto elegimos distintas miradas; o, por contra, mantenemos una misma mirada sobre circunstancias contrarias. En esa alternancia o constancia se va trazando la filigrana de nuestra existencia.

Por eso se hablan. No hay forma real de no conocerse. Uno se define frente al otro con pleno conocimiento, porque uno podría ser pronto el otro. Ambos son capaces de pasear por casa o por el desierto. Y muestran sus atributos respectivos.

Ante un nómada, el atributo del sedentario es la envidia: la desconfianza escandalosa hacia el que viaja sin cargas. Llega el nómada como una cancioncilla irritante en los oídos del sedentario, o una fantasía que escuece, o una crítica sofisticada sobre los frutos menos atractivos del hogar (la rutina que merma, la ropa parda de lo ordinario, la comezón de la aventura que asoma a veces cuando se bebe o en los sueños impertinentes de la madrugada). El sedentario podría mirar al nómada con paternalismo, desprecio o benevolencia, según se sintiera más o menos amenazado por su testimonio; pero a menudo lo hace con reproches y críticas, quizá burlonas, que son la expresión del pánico que puede sentir ante un rostro en marcha. Pues sedentario es quien siente que ha vencido al mundo, y a su relato aterrador de posibilidades, y se desespera cuando encuentra a alguien que vive feliz en el relato, al cabo del mundo.

Un sedentario, a su vez, consigue por momentos calcinar el pecho de un nómada con su llamada al hogar. El atributo respectivo del nómada frente al sedentario es la nostalgia de casa. El viaje mismo es la consecuencia de haber dejado la casa, o de haber sido expulsados de ella, y su realidad misma, el intento de volver a casa. La nostalgia es el motor del viaje. Si se viaja, es porque se parte de algún sitio; y el nómada siente el escalofrío de intuir que se viaja para llegar allí de donde partió. Es un ser de memoria alterada, atrapado en el paréntesis de la casa que perdió y el sueño de regresar finalmente a ella. El sedentario sonríe, y susurra: yo disfruto ya de todo lo que tanto anhelas; aunque sea mentira.

Sedentarios braceando en el centro del río, tan lejos de la recula donde habitaban. Nómadas anclados en suelo fértil, en un valle próspero alejado de los caminos. Los tipos se amalgaman, las miradas se cruzan. Entonces llega la épica, el acontecimiento, el discurso de la vida, y palabras que nos hacen tañer. En el país que somos, algo que empuja por dentro pide volver a su antigua naturaleza.

Una y otra vez, elegimos mirada ante los cambios.

4 pensamientos sobre “nómadas y sedentarios”

  1. Q buena informacion

  2. travesear dijo:

  3. Carlos F. Yoldi dijo:

    Me parece leer entre líneas que la diferencia mayor entre ambas miradas es que mientras el sedentario se siente lejanamente vulnerable (y se aferra a su espejismo), el nómada sabe lo que es haber sido abatido.

  4. Elena Carrero dijo:

    Me parece importante saber que, a veces, el nomada y el sendentario pueden convivir bajo la misma piel. Lo más difícil es reconocer que, a veces, las dos miradas se pueden sobreponer una a la otra, simultáneamente. Que algunos somos el uno y el otro. Los dos contrarios. Que queremos esto y lo otro, al mismo tiempo. Aprender a habitar con nuestra dualidad. Y no negar ni una ni la otra

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